Estábamos llegando ya a las afueras del pueblo cuando el coche se detuvo. Ya hemos llegado, me dijo ella.
Me quedé quieta en mi sitio. Sin reaccionar. Otra vez dudas. Otra vez nervios. Nuevamente preguntas en mi cabeza.
-Pequeña, ya hemos llegado, ahora debes de salir y conocer a tu nueva familia.
Esta vez su voz era más dulce, más comprensiva, como la voz de una madre.
Finalmente me decidí a salir. Ya era hora de afrontarlo todo. Había estado mucho tiempo soñando con que llegara este momento y ya había llegado la hora.
Abrí la puerta y deslicé mis pies hacia el suelo. Más nervios. Cerré la puerta suavemente y me dirigí hacia la dirección donde se encontraba mi acompañante.
-Ten, aquí tienes tus cosas. No te preocupes, todo va a ir bien, ahora sígueme.
Empezamos a caminar. Ella delante de mí y yo detrás. Llegamos a una casita con el número 18, blanca, como todas las demás.
-Ya hemos llegado, esta es tu casa, ¿Preparada?
-Sí.
Mi voz sonó decidida, pero en realidad, no estaba segura en absoluto. Ella llamó a la puerta. Fueron tres golpes secos. Después de eso, silencio. Al poco tiempo se abrió la puerta, y tras ella apareció una mujer no muy alta, delgada. Tenía un pelo negro precioso, largo y liso, que enmarcaba su cara. Sus ojos eran azules. Y su piel muy blanca. Una piel tan blanca que no se olvida. Su rostro mostraba una expresión dulce, en el que se dibujó una sonrisa. Una sonrisa muy bonita, realmente esa mujer parecía que se alegraba de verme. Me abrazó y me dio un beso en la frente. Me indicó que pasara dentro mientras ella hablaba con la mujer que me había traído. Atravesé el pasillo hasta llegar a una salita que parecía ser el salón. Era una habitación muy luminosa, con grandes ventanales que dejaban que entrara la luz. No había duda de que lo que me había dicho mi acompañante era cierto: mi familia estaba compuesta por músicos. Mis ojos se posaron entonces en el terciopelo rojo de un piano vertical. En el pupitre se encontraba un cuaderno garabateado de notas. Viendo que no había nadie decidí echarle un vistazo. No entendía nada. Volví a dejar el cuaderno en el pupitre y levanté la vista hacia la pared. Esta estaba llena de marcos, donde había fotografías en blanco y negro donde aparecía la misma mujer que me había recibido en la entrada acompañada de un hombre. En esas fotos se sonreían, se miraban cómplices, no había duda de que ese hombre que aparecía junto a ella era su marido y también mi padre. En otra de las paredes había una gran estantería llena de libros. Y en el centro de la sala una alfombra sobre la que descansaba una mesita de cristal, y alrededor de esta, dos sillones.
Me quedé fascinada con aquella salita. ¡Me resultaba un lugar tan curioso! No podía dejar de mirar todo lo que me rodeaba. Estaba tan fascinada observando todos los objetos de aquella habitación que no me dí cuenta de que mi madre estaba apoyada en el marco de la puerta, observándome fijamente.
-Hola pequeña, soy Margarita, tu nueva mamá. ¿Te gusta nuestro salón?
Al oír su nombre me sobresalté.
-Sí, para mi es tan curioso todo…
-Me alegro que te guste, y bueno, ¿Te gustaría ver tu nueva habitación?
-Claro,
Me moría de ganas de ver mi habitación. Al ver el salón, no sabía que podía esperar sobre mi nuevo cuarto. Todo lo que había visto era tan curioso que ya no sabía con que podía encontrarme. Ella me sonrió nuevamente. Con un gesto me indicó que la siguiera. No titubeé. Sus modales, sus palabras, todo su aspecto me hacían tener confianza y, además, sentía que no debía tener miedo. Atravesamos un largo pasillo, lleno de puertas y grandes ventanas. Llegamos al final y me dijo:
-Ahora tienes un ratito para explorarla y asearte. En el armario tienes toda la ropa que puedas necesitar. La cena es a las nueve. Recuerda: no llegues tarde.
Acto seguido me dio un beso en la frente y se despidió de mi con una sonrisa. Después de eso, la ví desaparecer por el pasillo. Sí, definitivamente me gustaba mi nueva madre.
Giré el pomo de la puerta y me decidí a entrar. Me sorprendí, ¡aquella habitación era enorme! Lo primero que llamó mi atención fue el enorme espejo que recubría entero uno de los lados de la habitación. Era como esos que sueles encontrar en las salas de ballet. Donde las bailarinas se reflejan mientras ejecutan su danza. Las paredes eran de color blanco y en ellas había dibujada una enorme partitura de música, donde estaban escritas las notas repetidas de alguna partitura. Al igual que en el salón también había colgados muchos marcos en la pared, solo que a diferencia de la otra habitación en ellas no había fotos. A excepción de uno, donde se encontraba una fotografía de mis dos padres. Miraban hacia el frente, sonriendo.
Había un escritorio en el que descansaba una pequeña lamparita, y al lado de esta una carta que estaba a mi nombre. Decidí abrirla. Con cuidado abrí el sobre y saqué de ella un papelito de color violeta. Desdoblé la nota y me apresuré a leerla:
Querida Victoria:
Bienvenida a tu nuevo hogar. David y yo nos alegramos mucho de tenerte aquí con nosotros. Si estas leyendo esta carta es porque ya estas en tu nueva habitación. Esperamos que te guste. David y yo la hemos decorado para ti. Conforme vayas descubriendo los rincones de tu habitación irás encontrando diferentes sorpresas e irás sabiendo un poquito más sobre mi y tu padre. Nos vemos en la cena.
Te quieren: David y Margarita.
Volví a doblar carta. Aquella nota realmente me había hecho sentir mucha curiosidad. Seguí mirando la habitación. Junto al escritorio había un atril, de esos que los músicos usan para mantener en pie las partituras. En él había otra nota. La abrí:
Ya has encontrado otra nota, enhorabuena.
Como ya has visto, esta nota se encontraba en un atril, ¿Sabes para que sirve?
Seguro que estas en lo cierto. Un atril sirve para sostener partituras. Pero de que sirve una partitura si no tienes un instrumento…
Cerré la carta. Volví a pensar en las líneas que acababa de leer: ``De que sirve una partitura si no tienes un instrumento…´´ No lo entendía. No sabía que querían decirme con eso. Seguí mirando. Esta vez centré mi vista sobre la cama. Era enorme, al igual que el resto de la habitación. Era como esas que aparecen en los cuentos, donde las princesas van a descansar todas las noches. Sabanas grises y violetas. Sobre ella, muchas almohadas, peluches… y una cosa más: otra carta. La abrí y empecé a leer.
Aquí es el lugar donde podrás descansar. Donde pasarás algunos de los momentos más dulces. Donde soñarás, donde pensarás y donde incluso crearás grandes cosas. Mira debajo de tus almohadas, encontrarás algo para ti.
Cerré la carta y como de si un acto reflejo se tratara aparté todas las almohadas. Encontré una carta junto a un pequeño paquete envuelto en papel de regalo. Decidí primero desenvolver el regalo del que anteriormente mis padres me habían hablado mediante una de las cartas. Retiré el papel con cuidado. ¡No podía creerlo! ¡Un mp4 de color violeta! Jamás había tenido algo así en mis manos, y ahora de repente, ¡mis nuevos padres me regalaban uno! Nunca antes me había sentido tan agradecida. Llevaba apenas tan solo una hora en mi casa y en ese poco tiempo había sido más feliz que en todos estos meses atrás.
Emocionada, cogí el sobre y saqué la nueva carta. Empecé a leer.Querida Victoria,
David y yo esperamos que te guste nuestro nuevo regalo. No nos lo agradezcas. Es tan solo para ti, para que siempre en tu cabeza suene una canción. Para que siempre haya música en ti, pero, ¿Te conformas tan solo con escucharla?
Volví a doblar la nota. Después de leer las últimas líneas que me habían dedicado mis padres, en mi cabeza empezó a formularse una nueva idea. ¿Sería posible que en un futuro yo llegara a tocar un instrumento?
domingo, 19 de febrero de 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
Capítulo 1 de Cuéntame un Sueño
Dicen que los sueños nacen del silencio, y los que no lo hacen acaban convirtiéndose en pesadillas. Todos tenemos uno, aunque muchas veces no nos damos cuenta de cual es, hasta que pasa mucho tiempo, cuando ya es demasiado tarde…
Me llamo Victoria, pero todos me llaman Vi. Provengo de un pueblecito de Cantabria, pero ya no vivo allí.
Como todo el mundo, yo también tengo un sueño, que comenzó cuando era muy pequeña, cuando tan solo tenía siete años. Yo vivía en una familia feliz, tenía dos hermanos, Silvia y Luis. Mis padres se querían mucho, pero por esa época comenzaron a discutir. Intentaban ocultar sus discusiones ante nosotros, pero, muchas noches, cuando nos íbamos a dormir los oíamos. Sus discusiones cada vez aumentaban más de tono… y al poco tiempo llegó el primer puñetazo… Todos teníamos tanto miedo…
De esta forma continuamos durante un año, hasta que padre la mató. Si mamá hubiera denunciado a padre, ahora seguiría viva, pero ella solo quería protegernos y eso fue lo que la mató…
Aún recuerdo el día en que la encontramos muerta. Era domingo. Silvia, Luis y yo nos habíamos levantado muy temprano para prepararle el desayuno a mamá y darle una sorpresa. Cuando abrimos la puerta de su habitación la encontramos tirada en el suelo, sobre un charco rojo. Yo no comprendía por qué mamá se encontraba en ese estado, ni tampoco por qué estaban las cortinas rotas o por qué había manchitas rojas por todas partes. Pero cuando a Silvia se le cayó la bandeja del desayuno y Luis comenzó a llorar lo comprendí todo. Tan solo pasaron segundos hasta que fui capaz de asimilar que pasaba, pero a mí me pareció que el mundo entero se paraba… Mamá ya se quedaría dormida para siempre…
Ninguno de los tres sabía ni que hacer ni que decir. Mamá ya no estaba y papá parecía haber huido después de acabar con mamá. Estábamos más solos que nunca. No teníamos a nadie con quien quedarnos, por tanto nos mandaron con distintas familias de acogida. Desde entonces no he vuelto a ver a mis hermanos.
Tengo entendido que a Silvia la mandaron a Madrid y a Luis a Valencia, yo sin embargo fui mandada a Andalucía, concretamente a Cádiz.
Pero antes de que yo conociera a mi nueva familia, tuve que pasar varias semanas en un centro de menores. Estas semanas fueron unas de las peores de mi vida. Por nada en el mundo volvería a pasar por lo mismo. Me sentía tan sola y tan vacía por dentro…
Mi situación era la siguiente: me encontraba sola, en un centro de menores donde no conocía a nadie; me habían separado de mis hermanos, mi madre yacía muerta y mi padre, al parecer era un asesino.
Por si fuera poco, mis compañeras de habitación no es que me hicieran sentirme mucho mejor. Parecía que ellas se divertían con mi sufrimiento. No me dejaban en paz. Yo era la más pequeña y ellas se aprovechaban de eso. Se adueñaban de cualquier cosa que fuera mía, llegaron, incluso a quitarme las únicas cosas que me quedaban de mi madre. Cada día, si es que quería comer, debía de pagarles con algo, para que ellas me devolvieran la bandeja de la comida. Las noches se las pasaban enteras hablando y con el cigarrillo en la boca, pero por suerte no tuve que esperar mucho hasta que una de las mujeres que dirigían el centro, se me acercara y me diera la buena noticia. ¡No me lo podía creer! ¡Por fin saldría de allí! ¡Por fin podría tener una nueva familia! No sabía que esperar, ¡Tenía tantas preguntas en la cabeza! Pero no tuve mucho tiempo para pensar cómo sería mi familia o si me querrían o no. A la mañana siguiente, la misma mujer que el día anterior me avisó de mi traslado, cogió todas mis cosas y las metió en el maletero de un Volkswagen. Era una mujer alta y delgada. Su cabello, a pesar de que ella no aparentaba ser demasiado mayor, era totalmente blanco. Sus ojos eran de un color verde muy afable, pero me dio la impresión de que algo en su mirada pedía ayuda a gritos, la verdad es que nunca olvidaré unos ojos como esos… Con la misma gélida voz con la que me habló el día anterior, me invitó a subir al coche. Enseguida empezamos a avanzar y a acercarnos a mi nueva vida. En el coche todo era silencio, ninguna de las dos sentía la necesidad de decirle nada a la otra, hasta que las dudas volvieron a asaltar mi cabeza. No estaba del todo segura de que la mujer que tenia al lado supiera algo sobre mi nueva familia, pero al fin y al cabo no perdía nada al intentarlo. Estaba ya dispuesta a articular mi primera palabra, cuando ella se me adelantó. Como si hubiera adivinado lo que había estado pensando durante todo este rato, empezó a hablarme de mi nueva familia. Me dijo que había sido adoptada por una joven pareja de músicos. Estos, al parecer no podían tener hijos y optaron por la adopción. Eran de Sevilla, pero la vida agitada que llevaban los dos en la ciudad les llevó a tomar la decisión de marcharse a vivir a un lugar más tranquilo. Mi nuevo hogar recibía el nombre de Grazalema, un pequeño pueblo perdido en la Sierra de su mismo nombre. No pudo proporcionarme más datos acerca de mi familia, pero lo que me había dicho me fue suficiente para estar dándole a la cabeza vueltas durante el resto del viaje.
Conforme nos íbamos acercando más a mi nuevo destino, el paisaje se hacia cada vez más y más verde. El día era totalmente soleado y corría una agradable brisa. A pesar de que el viaje estaba siendo bastante largo, algo dentro de mi me decía que no me arrepentiría. Por fin, a lo lejos, pudimos atisbar el pequeño pueblo de casitas blancas donde pasaría mucho tiempo en los siguientes años. No paraba de mirar a los alrededores mientras cruzábamos las calles de Grazalema. Todas, absolutamente todas las casas eran blancas, yo no paraba de preguntarme cual sería la mía. En las calles los niños jugaban a la pelota, a la rayuela, a la comba… Me moría de ganas de salir a la calle y estar allí con ellos, ¡hacia tanto tiempo que ya no jugaba!
Me llamo Victoria, pero todos me llaman Vi. Provengo de un pueblecito de Cantabria, pero ya no vivo allí.
Como todo el mundo, yo también tengo un sueño, que comenzó cuando era muy pequeña, cuando tan solo tenía siete años. Yo vivía en una familia feliz, tenía dos hermanos, Silvia y Luis. Mis padres se querían mucho, pero por esa época comenzaron a discutir. Intentaban ocultar sus discusiones ante nosotros, pero, muchas noches, cuando nos íbamos a dormir los oíamos. Sus discusiones cada vez aumentaban más de tono… y al poco tiempo llegó el primer puñetazo… Todos teníamos tanto miedo…
De esta forma continuamos durante un año, hasta que padre la mató. Si mamá hubiera denunciado a padre, ahora seguiría viva, pero ella solo quería protegernos y eso fue lo que la mató…
Aún recuerdo el día en que la encontramos muerta. Era domingo. Silvia, Luis y yo nos habíamos levantado muy temprano para prepararle el desayuno a mamá y darle una sorpresa. Cuando abrimos la puerta de su habitación la encontramos tirada en el suelo, sobre un charco rojo. Yo no comprendía por qué mamá se encontraba en ese estado, ni tampoco por qué estaban las cortinas rotas o por qué había manchitas rojas por todas partes. Pero cuando a Silvia se le cayó la bandeja del desayuno y Luis comenzó a llorar lo comprendí todo. Tan solo pasaron segundos hasta que fui capaz de asimilar que pasaba, pero a mí me pareció que el mundo entero se paraba… Mamá ya se quedaría dormida para siempre…
Ninguno de los tres sabía ni que hacer ni que decir. Mamá ya no estaba y papá parecía haber huido después de acabar con mamá. Estábamos más solos que nunca. No teníamos a nadie con quien quedarnos, por tanto nos mandaron con distintas familias de acogida. Desde entonces no he vuelto a ver a mis hermanos.
Tengo entendido que a Silvia la mandaron a Madrid y a Luis a Valencia, yo sin embargo fui mandada a Andalucía, concretamente a Cádiz.
Pero antes de que yo conociera a mi nueva familia, tuve que pasar varias semanas en un centro de menores. Estas semanas fueron unas de las peores de mi vida. Por nada en el mundo volvería a pasar por lo mismo. Me sentía tan sola y tan vacía por dentro…
Mi situación era la siguiente: me encontraba sola, en un centro de menores donde no conocía a nadie; me habían separado de mis hermanos, mi madre yacía muerta y mi padre, al parecer era un asesino.
Por si fuera poco, mis compañeras de habitación no es que me hicieran sentirme mucho mejor. Parecía que ellas se divertían con mi sufrimiento. No me dejaban en paz. Yo era la más pequeña y ellas se aprovechaban de eso. Se adueñaban de cualquier cosa que fuera mía, llegaron, incluso a quitarme las únicas cosas que me quedaban de mi madre. Cada día, si es que quería comer, debía de pagarles con algo, para que ellas me devolvieran la bandeja de la comida. Las noches se las pasaban enteras hablando y con el cigarrillo en la boca, pero por suerte no tuve que esperar mucho hasta que una de las mujeres que dirigían el centro, se me acercara y me diera la buena noticia. ¡No me lo podía creer! ¡Por fin saldría de allí! ¡Por fin podría tener una nueva familia! No sabía que esperar, ¡Tenía tantas preguntas en la cabeza! Pero no tuve mucho tiempo para pensar cómo sería mi familia o si me querrían o no. A la mañana siguiente, la misma mujer que el día anterior me avisó de mi traslado, cogió todas mis cosas y las metió en el maletero de un Volkswagen. Era una mujer alta y delgada. Su cabello, a pesar de que ella no aparentaba ser demasiado mayor, era totalmente blanco. Sus ojos eran de un color verde muy afable, pero me dio la impresión de que algo en su mirada pedía ayuda a gritos, la verdad es que nunca olvidaré unos ojos como esos… Con la misma gélida voz con la que me habló el día anterior, me invitó a subir al coche. Enseguida empezamos a avanzar y a acercarnos a mi nueva vida. En el coche todo era silencio, ninguna de las dos sentía la necesidad de decirle nada a la otra, hasta que las dudas volvieron a asaltar mi cabeza. No estaba del todo segura de que la mujer que tenia al lado supiera algo sobre mi nueva familia, pero al fin y al cabo no perdía nada al intentarlo. Estaba ya dispuesta a articular mi primera palabra, cuando ella se me adelantó. Como si hubiera adivinado lo que había estado pensando durante todo este rato, empezó a hablarme de mi nueva familia. Me dijo que había sido adoptada por una joven pareja de músicos. Estos, al parecer no podían tener hijos y optaron por la adopción. Eran de Sevilla, pero la vida agitada que llevaban los dos en la ciudad les llevó a tomar la decisión de marcharse a vivir a un lugar más tranquilo. Mi nuevo hogar recibía el nombre de Grazalema, un pequeño pueblo perdido en la Sierra de su mismo nombre. No pudo proporcionarme más datos acerca de mi familia, pero lo que me había dicho me fue suficiente para estar dándole a la cabeza vueltas durante el resto del viaje.
Conforme nos íbamos acercando más a mi nuevo destino, el paisaje se hacia cada vez más y más verde. El día era totalmente soleado y corría una agradable brisa. A pesar de que el viaje estaba siendo bastante largo, algo dentro de mi me decía que no me arrepentiría. Por fin, a lo lejos, pudimos atisbar el pequeño pueblo de casitas blancas donde pasaría mucho tiempo en los siguientes años. No paraba de mirar a los alrededores mientras cruzábamos las calles de Grazalema. Todas, absolutamente todas las casas eran blancas, yo no paraba de preguntarme cual sería la mía. En las calles los niños jugaban a la pelota, a la rayuela, a la comba… Me moría de ganas de salir a la calle y estar allí con ellos, ¡hacia tanto tiempo que ya no jugaba!
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